Profesional AGRO
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Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

A VUELTAS CON LA SEQUÍA: ¿POR QUÉ SE ESTÁ DESEMBALSANDO?

Hace un par de meses dediqué esta página a reflexionar sobre la sequía y sus catastróficos efectos para la agricultura hilvanando todos mis argumentos para demostrar que esta contrariedad es –y siempre lo ha sido–, cíclica, otro capricho de la Madre Naturaleza empeñada en demostrarle al hombre(*) que no puede domesticarla por mucha tecnología que emplee en ello. En aquella ocasión también aludí a algo que ya ha protagonizado muchos de mis anteriores razonamientos: mi total desacuerdo con los seguidores de la teoría “España, un país seco” para justificar las sequías que periódicamente nos “visitan”.

Creo que de los argumentos que empleé en aquella ocasión –precisamente cuando la práctica totalidad de nuestros embalses se encontraban bajo mínimos históricos–, se podría aducir que, cuando menos, eran poco apropiados y podían no ceñirse a la realidad, pero recuerden que yo justificaba mi teoría con la observación de que en nuestro país llueve. Unos años más o menos que en otros, pero siempre llueve, aunque no lo haga cuando queremos, en la cantidad que queremos y mucho menos como queremos. Ahora, para refrendar mi opinión –recordemos que solo ha transcurrido poco más de un mes desde aquel trabajo–, han sido suficientes un par de semanas de borrasca Efraín con intensas lluvias que han cerrado el otoño con desbordamientos, inundaciones, destrozo de infraestructuras, desalojo de poblaciones, pantanos rebosantes, etc., para vernos obligados a iniciar la nueva estación invernal desembalsando agua de una forma generalizada en las grandes instalaciones de nuestras cuencas. Si de verdad estuviéramos en un país “seco”, ¿por qué se “desperdicia” agua enviándola directamente al mar?

Antes de responder a esa pregunta, quiero puntualizar que el agua no se “tira”, porque antes de llegar al mar se ha utilizado en múltiples usos durante su recorrido hasta llegar a la desembocadura, usos tales como la generación de energía eléctrica accionando las turbinas de las grandes centrales productoras, regando nuestros cultivos a su paso, asegurando el mantenimiento de la fauna y flora fluvial o creando reservas para nuestro consumo, entre otros. Pero –y aquí ya respondo a la pregunta anterior–, el agua que se desembalsa no se derrocha, ni mucho menos. Tras reciclarse parte de ella en los usos antes apuntados, llega por fin al mar (que, no lo olvidemos, es su destino natural) para evaporarse, integrarse esos vapores para enriquecer nuestra atmósfera humedeciéndola para que se produzca la tan necesaria lluvia y que todo pueda volver a empezar: esto es, que se pueda reiniciar un nuevo ciclo hidrológico.

Conviene que todos sepamos que por ley está establecido que ningún pantano o embalse, sea cual sea su capacidad, puede interrumpir en su totalidad el fluir natural del río, aunque almacene gran parte de su caudal. Todos los ríos, a pesar de los embalses que “entorpezcan” su cauce, deben mantener fluido un canal alternativo que garantice un caudal ecológico de suficiente entidad para garantizar su aporte final al mar. Sin duda, hace falta agua embalsada para asegurar nuestras necesidades, sí; pero sobre todo, debemos mimar este líquido elemento indispensable para garantizar la vida. Y, para ello, el mencionado ciclo hidrológico natural debe seguir produciéndose.

Por otra parte, algunos de nuestros embalses –sobre todo en las cuencas del Oeste y Sur Peninsular–, están desaguando tras los importantes aportes de caudal que están recibiendo por las constantes precipitaciones de las dos últimas semanas de otoño, un procedimiento que las autoridades han tomado como medida preventiva tras haberse alcanzado en los últimos días un volumen de agua que, en el caso de los vasos de los embalses andaluces ha establecido un récord histórico para estas fechas, con una media de volumen de agua superior al 80% de su capacidad de almacenaje. Es más, en algunos casos han llegado a situarse en niveles de llenado que han sobrepasado el límite de seguridad al superar el 90% de su capacidad, mientras que otras instalaciones han rebasado el 97%, y otras ya almacenan incluso el 99% de su capacidad nominal mientras que, por ejemplo, la presa de Peñarroya –perteneciente a la Confederación Hidrográfica del Guadiana–, estaba liberando más de 4 m3/seg. de agua por coronación. ¿Se entiende esto en un país que algunos tildan de “seco”?.

Estas actuaciones, que para muchos ciudadanos representan poco menos que un sacrilegio, responden a una estrategia que antepone –como no podía ser de otra forma– la seguridad tanto personal como de las instalaciones, y tiene como factor añadido dejar un resquicio, un margen suplementario de seguridad que permita laminar posibles nuevas avenidas. El invierno no ha hecho más que empezar. De todas formas, y para tranquilizar a la población, hay que puntualizar que con estas actuaciones normalmente, se “suelta” menos agua de la que entra y que los responsables de estas políticas de las diversas Confederaciones Hidrográficas nacionales han precisado que estos recientes aportes de agua han permitido una recuperación muy positiva de nuestras reservas hídricas, garantizando la disponibilidad del liquido elemento tanto para consumo como para riego.

Pese a ello, interrumpir el desembalse de los pantanos afectados por esta actuación no está contemplado porque los posibles riesgos que ello aparejaría podrían acarrear graves consecuencias ya que prácticamente se encuentran casi “a rebosar”. Como ya se ha apuntado anteriormente, el invierno no ha hecho más que empezar y es más que previsible que nos obsequie con más de una borrasca o temporal similar a esta Efraín con el que se ha despedido el otoño y que ha ocasionado desbordamientos de ríos, tierras anegadas, cultivos arruinados, casas afectadas, desalojo de vecinos, cierre de carreteras, rotura de vías férreas e incluso el derribo y arrastre de algún puente que otro.

¡Claro, normal! como corresponde a un país “seco”. ¿O no? (**)
(*).- En referencia al género humano.
(**).- Perdónenme queridos lectores; no he podido resistirme al sarcasmo.

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