Profesional AGRO
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Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

ELECTRICIDAD: UNA ENERGÍA IMPRESCINDIBLE

Hoy en día, multitud de insumos son necesarios para el desarrollo eficaz de una agricultura moderna. Todos ellos configuran un cúmulo de costes añadidos que gravan sus actividades y ponen en riesgo la viabilidad rentable de las explotaciones, al tiempo que merman gravemente la economía de nuestros agricultores y, contemplados bajo el paraguas genérico del sector primario, también a los ganaderos y a los profesionales que “viven” de la silvicultura y sus aprovechamientos.

Y es que, partiendo de la reflexión de Antoine-Laurent de Lavoisier, científico, químico, biólogo, economista, abogado e investigador francés del siglo XVIII, que señalaba: “En la Naturaleza nada se crea ni se destruye; sólo se transforma”, afirmación con la que creo que, a estas alturas de nuestra evolución, todos estaremos de acuerdo, la podemos trasladar adjudicándosela a la energía eléctrica. Y es que la electricidad es un fenómeno físico que siempre ha estado ahí: no es más que la unión de protones y neutrones; una de las energías que al transformarse para ser utilizada por el ser humano, se ha convertido en indispensable para asegurar la vida. Y además, es la fuente de la que brotan todo tipo de avances tecnológicos que, de no utilizarla como fuerza motora, materia prima en suma, no serían posibles. Pero a la vista de la por ahora imparable escalada en los precios de la electricidad, se pone en riesgo nuestra evolución misma.

Al mismo tiempo, es un bien del que todos nos servimos y tan habitual en nuestra vida que no le concedemos su verdadera valía. Estamos tan acostumbrados a ese gesto reflejo de accionar el interruptor o pulsador de turno para “tener luz” o poner en marcha nuestra maquinaria o equipos de todo tipo, que por su propia cotidianeidad, no le damos la verdadera trascendencia que tiene en nuestra vida.

Ahora, debido a la brutal escalada de precio que está experimentando la factura de esta energía que todos utilizamos, nos damos cuenta de que nos afecta a todos en mayor o menor medida. Y concretamente el sector primario quizás sea, junto con el industrial, de los más perjudicados por esta carestía de la energía empleada. Esto es así porque la agricultura está fuertemente vinculada a la electricidad dado que sus gentes, además de utilizarla como cualquier otro ciudadano para disfrutar de iluminación y confort, la debe emplear para una gran variedad de aplicaciones: automatización de trabajos, accionamientos y programación de riegos y maquinaria de todo tipo, facilitar la realización autónoma de muchas de las labores más habituales en granjas e instalaciones ganaderas. Y lo mismo vale para el sector forestal y en industrias como las de aserrado y desbastado de madera, etc.

Esta escalada del precio de la electricidad que día tras día supera a la de la jornada precedente ha disparado la alarma en el sector primario nacional, y las principales organizaciones profesionales agrarias ya están advirtiendo del riesgo que este hecho supone. Y no es para menos, porque si el brutal incremento del coste de la factura eléctrica ya hace tambalear la economía de cualquier hogar, para los agricultores y ganaderos esta espiral de subidas en la factura energética supone un incremento del 300%, según estudios de COAG-Andalucía, lo que tilda de un verdadero mazazo para el sector poniendo en jaque su viabilidad misma. Un sector en el que miles de explotaciones luchan por sobrevivir y en el que se agrava aún más el contexto de crisis y falta de rentabilidad.

Y es que ya llueve sobre mojado para el mundo rural español que durante las últimas décadas viene soportando la apatía de los gobiernos de turno, su inacción en la defensa de los intereses del sector y la desprotección de nuestras producciones frente a la competencia desleal que ejercen los mercados de terceros países que nos “cuelan” sus productos por la “puerta de atrás” comunitaria. Siempre a precios inusualmente atractivos y solo posibles porque sus costos laborales y de producción son muy inferiores a los nuestros, ya que no están sujetos a respetar ni las condiciones laborales, ni medioambientales, ni fitosanitarias, ni de calidad final, de la estricta normativa europea que sí cumplen los productores españoles. Lógico que los costes de producción aquí sean mucho mayores, y por eso nuestro sector rural comenzó a manifestarse justo cuando se desató la pandemia. Por este motivo, y por su responsabilidad se desconvocaron las sucesivas acciones previstas para defender sus derechos y en favor de unos precios justos y equitativos que garantizasen la viabilidad de sus explotaciones y de sus cultivos.

Y ahora, para agravar aun más la situación, se produce esta escalada del precio en la energía eléctrica que, recordémoslo, en nuestro sector rural es ahora tres veces más alto que el que tenía la factura hace tan solo un año. Se tratan de unos costes añadidos que el medio rural ve difícil poderlos absorber porque prácticamente no tiene margen de maniobra para ello. La agricultura, la ganadería y el sector rural en general, han llegado a un punto en el que los bajos precios que se perciben por sus producciones y los elevados costos de explotación que los agobian hacen de estas explotaciones un negocio que, de no cambiar las cosas, están abocados a la ruina porque su rendimiento económico es ya insostenible. Y todo ello a pesar de que se trate de sectores que son estratégicos e imprescindibles para la sociedad, pero que, incomprensiblemente, siguen siendo ninguneados por quienes tienen el deber ¡y la obligación! de protegerlos...

...por el bien de todos.

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