Profesional AGRO
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Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

NUESTRO AGRO Y LA PANDEMIA

Cuando a finales del pasado año, tuvimos noticia de la aparición en China de un virus hasta entonces desconocido, que estaba asolando a la población de una industriosa región del sureste de aquel gigante asiático, nosotros, los occidentales, con nuestra proverbial y prepotente arrogancia vimos aquel problema sanitario como algo muy lejano que en nada nos afectaba. Sentíamos, eso sí, la lógica conmiseración por quienes estaban padeciendo los estragos que causaba aquella nueva y –justo por ello– desconocida enfermedad, que estaba diezmando a los habitantes de aquellas sufridas poblaciones. Pero más allá de compadecernos por las víctimas que en una creciente escalada estaba causando, a pesar de la rapidez con que actuó el gobierno chino que desplegó en la zona un enorme dispositivo sanitario, no fuimos capaces de valorar que precisamente aquel enorme despliegue de medios técnicos y humanos evidenciaba la verdadera gravedad de la situación. Seguíamos considerándolo como un problema “de los chinos” que solo a ellos atañía; seguíamos con interés el proceso –eso sí– de cómo iba evolucionando aquella nueva epidemia a través de los diferentes medios informativos, pero con esa –¿por qué no reconocerlo?– morbosa curiosidad tan malsana como intrínseca al género humano.

Pero al fin ocurrió lo que tenía que suceder y que ya presagiaron al comenzar 2020 las comunidades científicas y sanitarias internacionales al comprobar la facilidad de transmisión de aquel nuevo y desconocido coronavirus y la rapidez con que se propagaba aquella “epidemia china”, en principio atribuyéndola a un origen animal, aunque la verdad es que a fecha de hoy no se conoce ni su verdadero origen ni qué la causa. Habrá que esperar a que la ciencia desvele el problema y así se la podrá combatir con mayor eficacia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), ya calificó así al COVID-19 el pasado 11 de marzo, alertando ante su fácil y rápida expansión a nivel global, como tristemente ha sucedido, ya que actualmente hay constancia de su presencia en más de 200 países y regiones de todo el mudo y ello ha sido así, porque el verdadero problema está en que hasta las sociedades más avanzadas hemos hecho oídos sordos ante aquellas serias advertencias. No se ha tenido en cuenta que hoy, con las excelentes comunicaciones y facilidad de traslados y transporte, en un mundo global como el nuestro no existen fronteras –en realidad, para las epidemias nunca han existido, solo que ahora su rapidez de propagación es mucho mayor que en épocas pasadas– , por lo que la única defensa posible es tomar las más oportunas medidas de prevención posibles para impedir –o frenar, al menos– su propagación. Y eso desgraciadamente no se ha hecho.

Luego pasa lo que pasa: Alarmante crecimiento de los contagios, sistemas sanitarios desbordados, confinamientos de la población, producción paralizada, caída en picado de las economías... y un largo etcétera de catástrofes que sería excesivamente prolijo enumerar y de las que solo se salvan algunos sectores que se han dado en denominar “esenciales”, como el agrario por ejemplo. Porque ¿no es esencial la producción de alimentos para preservar la vida?.

Desgraciadamente, la sociedad moderna nos ha acostumbrado a que todo vaya bien en la seguridad de que nunca va a pasar nada. Hasta que ocurre algo que rompe con ese estado de confort pero que, como contrapartida, pone en valor aquellos medios, sistemas o sectores, como ha ocurrido con nuestro medio rural que ha sido en nuestro país el gran olvidado por gran parte de la sociedad, que ha venido manteniendo una imagen distorsionada de su relevancia, de sus verdaderos valores que, en el mejor de los casos, se percibían como anacrónicos o profundamente anticuados, llegando al extremo de considerarlo un sector residual con una baja aportación al conjunto del PIB nacional.

No se ha tenido en cuenta su verdadera importancia como garante de la producción de alimentos, como un sector generador de empleo y riqueza, muy lejos de ese carácter residual que muchos le atribuyen, negándole la prominente posición que debe ocupar en un país moderno como el nuestro. Quienes así opinan, sin duda tienen una visión sesgada de la verdadera importancia de nuestro sector agrario que en más de una ocasión ha dado muestras de su valía. Ahora, con la actual crisis originada por el COVID-19 ha vuelto a demostrar su importancia como “sector esencial” al que se debe mantener, proteger y promocionar favoreciendo su modernización, dotándole de las infraestructuras que permitan mantener un avanzado sistema agroalimentario de gran eficacia.

Durante esta pandemia que nos azota, nuestro sector primario ha vuelto a revelarse como el mejor baluarte social y económico. Ha mantenido su pleno rendimiento durante todo el estado de emergencia (cuando otros se han visto obligados a paralizar su actividad). Ha aprovisionado de alimentos de calidad y en cantidad suficiente para abastecer a nuestro país sin desatender por ello a sus exportaciones, y todo ello manteniendo los valores y garantías sanitarias de la “marca España”, colaborando a proveer de alimentos a una población confinada y evitando el desabastecimiento comercial que, sin duda, hubiera desencadenado un verdadero estallido social.

Así es que, vistas las dificultades que nos está originando la pandemia mundial que sufrimos, y cuando otros sectores económicos, sociales, productivos e incluso políticos, se han visto obligados a ralentizar su actividad y –en algunos casos– a paralizarla totalmente, nuestro sector primario ha mantenido su actividad y la de toda su cadena de valor para asegurar el normal aprovisionamiento y, como siempre con el ejemplar comportamiento al que nos tiene acostumbrado.

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