Profesional AGRO
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Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

EL ESCAPARATE DE LA MEJOR TECNOLOGÍA

Muchas veces he abordado estos comentarios destacando la importancia del sector rural dentro del contexto socioeconómico nacional, pero esas palabras no estaban dictadas solo por mi profunda simpatía -cariño, más bien– por el campo y sus gentes, sino por un análisis profundo del valor generado por las aportaciones del sector primario a nuestra economía. No hay que olvidar que la superficie agraria útil de España supone más de 23 millones de hectáreas, casi la mitad del territorio nacional, de las que unos 17 millones de hectáreas son de cultivo y de estas, más de tres cuartas partes –casi 13 millones de hectáreas– están dedicadas a cultivo de secano, en tanto que algo más de cuatro millones de hectáreas las ocupan los cultivos en regadío. Respecto a la variedad y riqueza de los cultivos que se dan en ambas superficies, los herbáceos –principalmente cereales y forraje– copan la mayor parte de la superficie total cultivable, en tanto que los leñosos, con el olivar como “cultivo rey” y una gran variedad de frutales, ocupan el resto. A toda esta riqueza productiva hay que sumar la generada por la selvicultura y por la ganadería; esta última alcanza cifras de vértigo: más de 25 millones de cabezas de ganado porcino, 16 millones de cabezas de ovino, 6,5 millones de reses de ganado vacuno, cerca de tres millones de caprínidos y, en cuanto a la ganadería aviar, solo en lo que respecta a su producción en carne, se acerca al millón y medio de tonteadas. ¿Verdad que son cifras que impresionan?.

Pues todo ello se ha conseguido gracias a los sucesivos programas de desarrollo que han venido poniendo en práctica nuestras gentes del campo, sobre todo desde los años 60 del pasado siglo, cuando las hasta entonces tradicionales pero anticuadas metodologías empleadas en los trabajos desempeñados por los productores del sector rural fueron sustituyéndose paulatina pero inexorablemente por nuevas técnicas y sistemas de trabajo y comenzó a gestarse la evolución del sector primario nacional. Nacía así lo que se denominó “agricultura moderna”.

Innovación y tecnología son dos conceptos íntimamente ligados, de tal forma que no se concibe el uno sin el otro. El primero ha estado vinculado desde siempre al sector primario, porque innovar es incorporar técnicas, productos, procesos, equipos y maquinaria, estrategias comerciales y organizativas que permitan crear valor, todo ello medido en términos de beneficio económico, bienestar o eficiencia.
Aunque en nuestro sector primario la innovación suele asociarse a la adopción de nuevas tecnologías, hemos de verla en un contexto mucho más amplio, ya que se trata de un proceso en el que, con la interacción de diversos actores se pretende conseguir diferentes objetivos económicos, ambientales, sociales o incluso políticos.

Como se ha dejado entrever en comentarios anteriores, fue a mediados del pasado siglo XX cuando España inició su despegue económico, tras superar la devastación causada por nuestra cruenta contienda civil del 36/39 y las posteriores penurias sufridas, como cualquier país en los periodos de postguerra, pero en nuestro caso agravada aun más la situación por el injusto bloqueo económico impuesto al régimen por las principales potencias mundiales vencedoras de la II Guerra Mundial –tan sólo naciones como Argentina y Portugal se “saltaron” valientemente dicho bloqueo para enviar regularmente sus ayudas a nuestro país–. Hoy España ha salido de aquel ostracismo y de su atávico retraso tecnológico; es un país desarrollado que cuenta con los últimos avances que la más moderna tecnología va incorporando día tras día.

En los próximos años es previsible un crecimiento exponencial en la investigación disponible en todas las áreas científicas del conocimiento, y algunas van a tener una importancia fundamental en la producción agroalimentaria y, especialmente, en la agricultura y la ganadería. La biología y la biotecnología alcanzarán un papel muy destacado en torno a las ciencias de la vida, sin olvidarnos de la ingeniería, incluyendo la mecanización, la automatización, la robótica, la sensórica o la telemática, mientras que las tecnologías de la información y las telecomunicaciones experimentarán los avances más sobresalientes, un capítulo que contará con el imprescindible apoyo de los desa­rrollos que, sin duda, se producirán en las herramientas de apoyo para facilitar la toma de decisión para la más eficiente evolución de la agricultura de precisión.

Llegados a este punto hay que tener en cuenta el conjunto de retos, que deberá encarar el sector primario español –entre los que cobra especial importancia la escasez de mano de obra en el medio rural–, y para paliar esta y otras dificultades de similar importancia debe hacerlo a través de la innovación para rentabilizar la actividad de las explotaciones y empresas que configuran la cadena de valor de este estratégico sector. Solo así la relación existente entre eficiencia, competitividad e innovación conseguirá la rentabilidad que todos buscamos.

Tradicionalmente se ha dado pábulo a la creencia generalizada de que el sector primario, comparado con otros sectores de la economía, es poco innovador en nuestro país. Se trata de una creencia muy extendida que, si bien pudo tener visos de verosimilitud en un pasado más o menos reciente –recordemos aquella desafortunada frase de Unamuno “que inventen ellos”, que sacada del contexto en el que fue pronunciada, se convirtió en paradigma para justificar nuestra, entonces, baja capacidad científica–, hoy está muy lejos de la realidad. Solo hay que “asomarse a su escaparate” para comprobarlo, porque nuestro sector es uno de los más dinámicos y activos en la búsqueda y adecuación de soluciones innovadoras para superar todos los retos, quizás impulsado por el hecho de que la necesidad agudiza el ingenio y obliga, ¿no creen?.

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