Profesional AGRO
Profesional AGRO
Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

TECNOLOGÍA
DE MOTORES Y...
¡NORMATIVAS!

Hace ya casi una década, el ilustre profesor Molina Aiz, de la Escuela Superior de Ingeniería de la Universidad de Almería, publicó un interesante libro sobre la mecanización agraria con el que, además de su indudable interés didáctico –dada su condición docente–, pretendía también poner en valor la actividad de nuestros agricultores, a menudo desconocida por el gran público y las más de las veces, incluso ignorada. Aprovechaba también su obra para detallar y describir los avances que la moderna tecnología estaba poniendo al servicio del mundo rural con los ambiciosos objetivos de favorecer, potenciar y –por qué no decirlo– “humanizar” unas labores que, hasta no hace demasiado tiempo, requerían enormes dosis de esfuerzo físico por parte de los sufridos agricultores y ganaderos de todo el mundo. No fue hasta producirse la revolución industrial del XIX cuando comenzaron a crearse nuevas herramientas, equipos y maquinaria que facilitasen esos trabajos, aunque la verdadera revolución en el agro no se dio claramente hasta la invención del motor –primero el de vapor y, años más tarde, los endotérmicos y de combustión interna, primero de petróleo y después, los de gasolina y gasóleo–, de tal forma que se puede decir que el verdadero impulso de la mecanización comenzó a producirse a medida que la tecnología de estos impulsores fue divulgándose, sobre todo al inició del pasado siglo XX. Fue entonces cuando verdaderamente comenzaron a popularizarse en aquellos extraños artilugios rodantes, los automóviles para, poco tiempo después, diversificar su campo de acción al transporte pesado y maquinaria de todo tipo, encontrando un gran nicho de mercado en la dotación de tractores y maquinaria agrícola.

En su libro “Motores y Máquinas Agrícolas”, el profesor Molina Aiz, define al motor de combustión como “una máquina destinada a producir movimiento a expensas de una fuente de energía y que funciona por la fuerza producida por la combustión de una mezcla de aire y combustible”. Así, bajo esta definición, los motores endotérmicos propulsados por combustibles fósiles han ido evolucionando durante este siglo largo de su historia; se han ido perfeccionando y “asentándose” por su tipo de utilización, de tal forma que los propulsores para vehículos ligeros y rápidos han estado tradicionalmente impulsados por gasolina –más livianos, sencillos y capaces de suministrar altas potencias con menor cilindrada pero a altas revoluciones–, en tanto que los destinados al transporte o al accionamiento de equipos para trabajos pesados han sido los más sofisticados “diesel” impulsados por gasóleo y que, aún siendo más pesados y voluminosos que los anteriores, ofrecen la ventaja de ceder buena potencia a bajas revoluciones, y de ser sin duda más longevos y eficientes para las labores a las que van destinados.

Hasta aquí todo bien, todo normal y lógico; todo acorde con el devenir de una trayectoria tecnológica en constante evolución. Los motores diesel se conformaban como los más eficientes para el accionamiento de una maquinaria agrícola cada vez más productiva y rentable. Con los devisé todo eran ventajas, y otro tanto ocurría en los sectores del transporte, industrial o de minería e incluso en el de automoción, tan recalcitrante al uso de estos equipos por excesivamente pesados, lentos y ruidosos. Además, durante el último cuarto de siglo habían experimentado una profunda evolución, muy superior a los de gasolina (de hecho en estos comenzaban a incorporarse muchas soluciones creadas originalmente para los devisé), se habían aligerado y eran más rápidos y briosos, por lo que comenzaron a popularizarse en el equipamiento de automóviles, hasta el punto de que en los últimos años, sus matriculaciones superaban ampliamente a las de los clásicos automóviles de gasolina.

Y llegados a los tiempos actuales; aquellos motores que hasta no hace mucho eran considerados como un prodigio de ventajas tecnológicas, eficiencia y economía de empleo, comienzan a enfrentarse a la normativa más restrictiva en materia de protección medioambiental dictada por la legislación europea; se ponen en marcha los plazos marcados por los sucesivos programas EURO TIER y los motores deben adecuar su funcionamiento a los parámetros que marcan dichas normas debiendo “sacrificar” parte de esas ventajas en aras de ese respeto medioambiental. Hoy, entramos de lleno ya en el ámbito de actuación Euro Tier Fase 5 –la muestra más restrictiva en cuanto a emisiones se refiere de toda la normativa dictada hasta la fecha, el programa más proteccionista elaborado en nuestro continente–, y como ocurre casi siempre –o al menos eso me parece a mí–, nos encontramos ante diferentes “varas de medir” pues, mientras que a nuestra maquinaria, a nuestra industria o a nuestros automóviles los estamos exigiendo cada vez mayores requerimientos para proteger al medio ambiente, no ocurre lo mismo con otros muchos equipos empleados en favorecer el modo de vida instaurado en la moderna sociedad.

¿De qué nos vale disponer ya en estos momentos de la maquinaria agrícola MÁS LIMPIA del mundo si no se pueden poner puertas al campo? Me explicaré: desde mi punto de vista está muy bien que consigamos una maquinaria más respetuosa con nuestro medio ambiente; está muy bien que nuestros fabricantes “se expriman las meninges” para hallar nuevas soluciones que reduzcan las emisiones contaminantes de los equipos que diseñan; está igualmente bien que se investigue ya en la utilización de otras fuentes de energía más limpias pero, en tanto esto se consiga, seamos ecuánimes, seamos consecuentes: ¡Exijamos al resto de agentes participantes en nuestro modo de vida que sean igual de respetuosos que lo es ya nuestra maquinaria!.

Mientras que la mayor parte de la energía que consumimos siga generándose partiendo de fuentes “poco limpias” –centrales térmicas convencionales que utilizan carbón o combustibles fósiles como materia prima–, mientras que nuestras industrias, nuestras calefacciones domésticas sigan constituyendo el mayor foco de emisiones contaminantes a la atmósfera, mientras que los contaminantes originados durante la producción de un acumulador eléctrico supere ampliamente a las emisiones que originará ese vehículo durante toda su vida útil, poco o nada habremos conseguido en materia de protección medioambiental. Entonces, ¿qué hacemos “demonizando” a nuestros automóviles y maquinaria, echando sobre su espalda todo el lastre de nuestra inoperancia energética? Seamos serios, por favor, y dejemos que la tecnología sea la que ponga remedio a la situación, que seguro que lo hará.

Profesional AGRO es una publicación de MMC&S mediaclever comunicación & servicios.
Leer m´s