Profesional AGRO
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Emilio Velasco Machuca
OPINIÓN
A vuelapluma / EMILIO VELASCO

EL SECTOR PRIMARIO Y LOS DESASTRES CLIMATOLÓGICOS

Las gentes del medio rural español tienen la gran responsabilidad no solo de producir alimentos, que con ser indispensable para mantener la vida de humanos y animales, no es la labor más importante entre la multitud de retos profesionales a los que tienen que hacer frente, aunque sin duda es la más visible de todas. Para llegar a desarrollarla con éxito y ofrecer al consumidor alimentos seguros, saludables y de calidad, tienen que ser eficaces, incluso exquisitos, en la conservación y protección de los recursos naturales –tierra, agua, fertilizantes, semillas, etc.–, que hacen posible la obtención de sus cosechas. Y solo se logra actuando con esa responsabilidad, preservando los ecosistemas, minimizando los efectos de la erosión que puedan causar las necesarias labores agrícolas, favoreciendo la retención del agua como el valioso bien que es, unido a una esmerada gestión de sus explotaciones; eso contribuye a garantizar la biodiversidad conservando el hábitat de fauna, plantas y paisaje y nuestros agricultores, como profesionales que son, respetan escrupulosamente dichos principios y procediendo así, aseguran el futuro y la viabilidad económica de sus explotaciones. Con ello, además, se contribuye eficazmente a potenciar un desarrollo territorial equilibrado y al enriquecimiento de las condiciones de trabajo que influyen en el nivel de la calidad de vida en el medio rural nacional.

Y esta serie de acciones, que tanto contribuyen a mejorar la productividad de nuestro sector primario y a reforzar la calidad de las cosechas, se deben en gran parte a las gentes que integran un modelo de explotación que, como en la mayoría de paises, responde a una estructura básicamente familiar, tal como recoge el último informe agrario emitido por la FAO, que destaca que el 80 por ciento de los alimentos del planeta son producidos en explotaciones que responden a la estructura de una agricultura familiar.

La agricultura sigue predominando dentro del sector primario, pero no es menos cierto que, sobre todo desde la década de los años 60 del pasado siglo, ha perdido valor relativo dentro del conjunto de nuestra economía, ya que cuando en aquellos años se produjo el despegue de la modernización del medio –hasta entonces la agricultura seguía explotándose de forma harto tradicional–, España dejó de ser un país eminentemente agrícola y otros capítulos, como el industrial o el energético, tecnológico y comercial fueron conquistando terreno paulatinamente con sus respectivas cuotas de participación en nuestra economía, con lo que aún con un sensible aumento del valor de producción, la agricultura española se vio abocada a un reparto mas paritario de la “tarta económica nacional”, aunque sigue manteniendo una “porción” muy importante.

Y ello es así porque la agricultura española presenta una gran diversidad productiva como consecuencia de las variadas condiciones de clima y de suelos imperantes en las distintas zonas del territorio nacional, lo que permite producir desde cultivos propios de zonas templadas hasta variedades tropicales, sin olvidar la gran variedad de cultuivos típicos del área mediterránea, entre los que destaca la importancia de los hortofrutícolas, cuyo valor supone aproximadamente la mitad del total de la producción agrícola de nuestro país.
Dentro de esa variedad de la agricultura española hay que destacar dos especies que, por su volumen de producción y por su valor estratégico, alcanzan especial relevancia tanto en el mercado interno como en el exterior: viñedo y olivar. Además, uno y otro repercuten muy favorablemente en otros aspectos tan importantes como el aprovechamiento de suelos poco aptos para otros cultivos, su generalmente alta productividad y la generación de empleo, a lo que se une el interesante valor de sus exportaciones.

Respecto a la diversidad climática y de suelos que propician el abanico de producciones de nuestra agricultura y la generalizada alta calidad de sus cosechas, implica cultivos y técnicas agrarias notablemente diferentes de unas a otras regiones con especializaciones productivas muy señaladas.

Pero no todo es positivo, y esa misna variedad de suelos y clima que posibilita la buena calidad, alta productividad y diversidad de cultivos y cosechas, tiene también su lado oscuro, los bruscos y puntuales cambios climáticos que afectan negativamente al rendimiento agrícola de forma que se experimentan cambios notables de un año para otro e incluso de una región a otra como ha ocurrido recientemente en Levante, Murcia y Almería donde el clima ha jugado una mala pasada en forma de copiosa tormentas que han producido graves desbordamientos e inundaciones que han anegado pueblos y tierras de labor que tardarán meses en recuperarse. Se han producido varias víctimas mortales, cuantiosos daños materiales y la pérdida de importantes cosechas afectando gravemente a la renta de los agricultores, influyendo además en las medidas que haya que adoptar para paliar en lo posible esos desastrosos efectos que han arruinado el trabajo de todo un año de unas gentes que han perdido bienes e ilusiones en unas pocas horas.

Por este desastre, como desgraciadamente viene ocurriendo con cíclica frecuencia, los agricultores perjudicados se enfrentan a una alta incertidumbre en lo que se refiere a la cuantificación de los daños en el producto afectado y también a su valor en el mercado. Al mismo tiempo, el sistema de seguros agrarios se enfrenta a la incertidumbre de cuanto deberá pagar por compensaciones y si las tarifas fijadas son adecuadas.

Además, la perspectiva por todos aceptada de un clima que cambia puede tener consecuencias negativas en la producción agrícola de todo el Mediterráneo, unas variables climáticas que podrían incrementar la presente incertidumbre en la producción de cultivos de España.

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