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Transgénicos,
en demanda de información

La aparición de los Organismos Genéticamente Modificados (OMG) ha supuesto una revolución en la agricultura. Sin embargo, aún existen numerosas dudas sobre sus posibles efectos tantos sobre las personas y animales como sobre el medioambiente, sin que exista una completa información por parte de las empresas productoras de semillas.

Félix Pascual Pérez / Cristina Pascual

Desde principios del presente siglo la evolución de Organismos Modificados Genéticamente (OMG), en España, han ido aumentando progresivamente en distintas comunidades autonómicas, manteniendo altos índices de desconfianza por distintos agricultores y consumidores de estos productos. Recordemos que fue el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, quien acepto su siembra en España, pensamos que en su momento fue debidamente analizado con la seriedad y seguridad necesaria, dentro de los medios empleados sin pensar en ningún otro tipo de presiones.
Actualmente España, se encuentra a la cabeza europea en el cultivo de plantas transgénicas, sobre todo en la producción de maíz, con una serie de interrogantes muy variados y con elevados índices de preocupación. Pero nuestros agricultores nos siguen indicando que la información que reciben no les resulta completa, por lo que preguntas cómo “sí esta tecnología de laboratorio nos garantiza una estabilidad ambiental y sanitaria para las personas, animales y el resto del mundo vegetal actual”, lamentablemente, queda incompleta pues aún nadie nos ha garantizado, nos dicen, de un modo fiable el impacto a corto, medio y largo plazo al utilizar este tipo de semillas de forma intermitente o continuada.
Las semillas modificadas genéticamente por importantes firmas del sector, denominadas biotecnológicas, citemos a Monsanto, Basf y Bayer, principalmente, tratan de aumentar sus ventas de este tipo de semillas, argumentando la seguridad de obtener cosechas con mayores garantías al encontrarse las plantas, presuntamente, protegidas contra posibles enfermedades endémicas de cada variedad. Diversos paí­ses no permiten la utilización de este tipo de semillas, apoyados por estudios efectuados por organizaciones ecologistas, incluso por técnicos del sector, encontrando vacíos de información calificados como graves. Sin embargo otros países, entre los que se encuentra España, si les está resultando, a las empresas interesadas, un positivo campo de ensayos, según nos informan, aunque con diversos e importantes interrogantes aún sin contestación, lamentablemente.
Entre los productos que tratan de introducir estas sociedades se encuentran maíz, patata, arroz, soja y algodón, entre otros. Recordemos, una vez más, ya lo hemos citado en otros artículos, que tan solo unas diez multinacionales controlan el 70% del mercado mundial de semillas, por lo que su poder económico es muy elevado, también su poder de investigación. Pero se han dado casos concretos donde dieron por bueno un tipo de semillas y tuvieron que retirarlo después de una o dos campañas, pues los resultados no eran los deseados, este dato deja ciertas lagunas que nunca deberían producirse en empresas con este potencial de investigación.
Nos sigue quedando la duda sobre que es lo primero “El dinero a ganar sea cual fuere el resultado final, saltándose los fines de responsabilidad general”, o “la seriedad de lanzar un producto debidamente contrastado y testado mediante algoritmos con los medios más adelantados que existen, sin duda alguna”.
Como podemos comprobar por distintas informaciones técnicas, el primer producto de origen transgénico autorizado para su producción en Europa fue la Soja, en la que la evolución de posibles trastornos derivados de la manipulación genética pueden manifestarse de inmediato o incluso después de varias campañas, con unos resultados que, al no haberse analizado en profundidad como cabría esperar de algo tan importante, son totalmente imprevistos. Ya existen quejas por la incorporación de toxinas en este tipo de semillas, afectando al ser humano y a los animales herbívoros que las comen, con resultados dañinos para la salud. Diversos estudios privados detectaron en la Soja transgénica, niveles descompensados de fitoestrógenos producidos por la planta cuyos efectos inmediatos se desconocen, incluso no se tuvieron en cuenta en la evaluación de la seguridad exigida en el proceso de autorización, según nos informan.
Los fitoestrógenos son compuestos químicos no esteroideos, que se encuentran en los vegetales, similares a los estrógenos humanos. Siendo de origen natural y en proporción estudiada por un profesional, favorecen nuestro organismo. Sin embargo, el descontrol de fitoestrógenos puede resultar perjudicial para la salud humana, las dosis diarias recomendadas se encuentra entre 60 a 80 mg/día, mayores cantidades, insistimos, pueden derivar en alteraciones de nuestra salud.
Recordemos la frase esclarecedora que nunca deberíamos olvidar, expresada por el médico de la antigua Grecia, de nombre Hipócrates de Cos, que nos dijo lo siguiente: “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”.

Agricultura de laboratorio

Según nos informan, la denominada agricultura industrial a la carta, base de las semillas transgénicas, aplica grandes cantidades de productos agroquímicos, abonos de síntesis y plaguicidas, cuyo efecto inmediato puede derivar en una contaminación grave de suelos y aguas, de manera que su utilización continuada podría destruir la posibilidad de producir alimentos sanos, tanto en el presente como en el futuro, incluso afectando al cambio climático. Estas deducciones han sido expuestas por ecologistas europeos y, a falta de confirmaciones más detalladas, señalan unos valores que no se deben desestimar.
También nos comunican que la siembra de estos productos (OMG) dañan la propia biodiversidad, desarrollan una mayor resistencia en insectos y favorecen la aparición de malas hierbas. Los datos citados sí están contrastados, según nos informan, basados en años de pruebas efectuados en distintos continentes, principalmente África.
Cuando elegimos un tipo semillas, nos dicen, debemos disponer de una información muy detallada en todos los parámetros que pudieran producirse en su siembra y desarrollo de las plantas, incluso de su posible influencia sobre otros cultivos limítrofes. Cuando existen vacíos debemos consultar con los organismos oficiales de nuestra comunidad, cuya información debe resultar completa, pues ellos disponen de los medios indicativos sobre las posibles derivaciones de estas semillas, al estar debidamente aceptadas y homologadas por los responsables de agricultura.

Semillas OMG

No hace mucho tiempo pudimos leer una información cuyo origen procedía de una de las multinacionales que venden semillas OMG, en la que indicaban que gracias a estas semillas se evitaban enfermedades en los vegetales denominadas criptogámicas, entre las que se encontraban, en cereales, la caries, el carbón, así como las temidas royas, que eran su principal punto de investigación. Pero nada aclaraba sobre qué podría ocurrir al intervenir en las semillas, amputando parte de su composición natural, incluso añadiendo otros componentes, cómo nos podía afectar a nosotros, a distintos animales por alimentarse de ellas y nada se exponía sobre el posible impacto o no al medio ambiente que nos rodea.
La producción de una planta transgénica consta esencialmente de varias etapas realizadas en laboratorio. Durante la transformación, se inserta el transgén en una célula de la planta que se pretende modificar. Y la regeneración, consiste en la obtención de una planta completa a partir de la célula vegetal manipulada genéticamente. Generalizando indicaremos que es el resultado de aplicar una serie de técnicas genéticas, incorporando distintos genes de otra especie, tanto vegetal como animal, incluso bacteriana, cuyo proceso debe ser debidamente analizado, no solamente a priori. Por supuesto que existen otros pasos, pero siempre según la variedad de la propia semilla, pues cada proceso se realiza de forma individualizada y dentro de un marco de protocolo inalterable.
Debemos tomar nota de que no todos los tipos de transgénicos están debidamente autorizados para proceder a su cultivo y mucho menos para poder ser comercializados, de hacerlo se considerará como un delito.
La opinión de diversos agricultores profesionales, es que estas acciones no se efectúan analizando los posibles impactos posteriores, es decir estamos viviendo para el presente, prestando poca importancia a las consecuencias genéticas que pudieran derivarse en un futuro. Según nos informan, por lo que insistimos sobre ello.

Transgénicos en el mundo

Los países más influyentes en el cultivo de productos transgénicos son: Estados Unidos, Brasil, Argentina, La India, China, Paraguay, Sudáfrica y Canadá, principalmente. Estos países producen, dentro de este género, soja, algodón, maíz, colza y remolacha, en menor o mayor medida.
Lo que deja ciertas lagunas es su venta a través de los productos derivados no identificados adecuadamente y vendidos a terceros países, como pueden ser piensos y componentes diversos para la alimentación humana y animal, por ejemplo. Lo que ya demuestra una irresponsabilidad comercial que los países compradores no deberían permitir y sí lo permiten, no sabemos cuales son los motivos, pero tarde o temprano se descubrirán, esperamos no tener que avergonzarnos por las consecuencias.
El primer tomate transgénico autorizado en EE.UU., fue el denominado “Flavr Savr”, comprobándose que producían trastornos graves en animales alimentados con este tipo de tomates. Lo mismo ocurrió al consumir diversos animales patatas transgénicas denominadas “Bt” – (Bacillus thuringiensis), insecticidas, cuyos resultados fueron altamente preocupantes pero no explicados ni analizados adecuadamente. Lo expuesto nos confirma el alto riesgo de consumir productos transgénicos, de forma repetitiva, al no ser evaluados profesionalmente mediante la investigación y seriedad debida. Según nos informan.
Según hemos confirmado por distintas fuentes, las universidades de Harvard y Yale, ambas en EE.UU., han creado una bacteria modificada genéticamente, cuyos genes sólo codifican para un aminoácido que no existe en la naturaleza, y en el supuesto caso de que esta bacteria o cualquier otro OMG, en el que se reprodujera este proceso, escapara al control de sus crea­dores seria, hipotéticamente, incapaz de sobrevivir en la naturaleza, algo que deja distintas dudas a varias Organizaciones Ecológicas.
Lo que sí debe quedarnos muy claro, tanto a los productores como a los consumidores de productos transgénicos, es que estos productos mueven un montante económico difícil de cuantificar, incluso en el supuesto de dominar el mercado todos quedaríamos supeditados a sus normativas en general, obligándonos ha aceptar sus pliegos de condiciones económicas, pues el agricultor perdería toda capacidad de producir sus propias semillas naturales para atender la siembra de la siguiente campaña, teniendo que recurrir a semillas del tipo OMG irremediablemente, algo que siempre guardará distintas líneas peligrosas, incluso afectando a las propias tierras para recibir, de una forma natural, las semillas conseguidas por procesos históricos. Pensemos en ello mientras no tengamos las máximas garantías técnicas después de procesos serios, debidamente contrastados.
En definitiva nos siguen indicando que nos falta información debidamente analizada, algo que en proyectos como los citados resulta totalmente imperdonable. Hay que preguntarse dónde vamos con estos sistemas, puesto que mirar solamente a la caja recaudadora no es una solución social seria. Pensamos que la administración debería involucrarse mucho, pero mucho más, con una intensidad de investigación total.

Este artículo es un extracto del informe completo en nuestra revista

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